Hipervigilancia: El Gran Hermano de las cámaras Flock

La privacidad y la libertad de movimiento sirven para resguardar las libertades de asociación e incluso de rebelión ante una tiranía. Si dejamos que atropellen las primeras líneas que defienden la libertad, vamos dejando el camino fácil para mayores abusos por parte del poder dominante.

HECHOS RELEVANTES

Theo Belok

10/8/20264 min read

La privacidad en el espacio público ha muerto, y lo ha hecho en silencio, camuflada en los postes de luz de nuestras ciudades. Durante años nos acostumbramos a las cámaras de seguridad convencionales, un sistema que ya de por sí resulta invasivo y que, idealmente, debería desaparecer para devolvernos la libertad de transitar sin una mirada humana o digital vigilando cada paso. Sin embargo, lo que está ocurriendo hoy con la proliferación de las llamadas cámaras Flock representa un salto tecnológico hacia el control absoluto. Ya no hablamos de un policía o agente mirando un monitor; hablamos de un algoritmo automatizado diseñado para rastrearnos a todos de manera simultánea.

Las cámaras Flock no son simples grabadoras de video. Son dispositivos equipados con inteligencia artificial y lectores automáticos de patentes, rostros y biometría, que capturan de forma masiva los movimientos de millones de ciudadanos comunes. El sistema no busca delincuentes; nos registra a todos por igual. No solo lee el número de una matrícula, sino que cataloga el color del vehículo, el modelo, marcas específicas en la carrocería e incluso calcomanías, con seres humanos hace lo mismo. Lo más peligroso es que estos aparatos forman una red interconectada a nivel nacional. Un dato registrado en una pequeña ciudad ingresa de inmediato a una base de datos centralizada a la que pueden acceder agencias de todo el país, creando un mapa en tiempo real de las rutinas, horarios y destinos de personas que jamás han cometido un delito.

Este esquema destruye por completo el principio de presunción de inocencia. Se ha normalizado la vigilancia sin sospecha previa, convirtiendo el espacio público en un entorno de monitoreo perpetuo donde todo ciudadano es un objetivo potencial. Al centralizar semejante volumen de información, el riesgo de persecución política se vuelve una amenaza real y latente. Cualquiera que decida asistir a una manifestación pacífica, reunirse con disidentes políticos o simplemente mantener una postura crítica frente al poder establecido, queda marcado en el mapa digital del Estado. Los registros de quién se reúne con quién, dónde y a qué hora están al alcance de un botón para cualquier funcionario con acceso al sistema.

La proliferación de esta tecnología convierte a nuestras ciudades en un panóptico moderno, una macabra estructura donde el poder vigila a todos sin que el ciudadano sepa el momento exacto en que está siendo observado y/o estudiado. Al igual que en el diseño de las prisiones donde los guardias controlan cada celda desde una torre central oculta, las cámaras Flock imponen una opresión psicológica invisible. Sabes que están ahí, sabes que registran tu velocidad, tu destino y tus horarios. Esta constante mirada algorítmica arrebata la espontaneidad humana y transforma el espacio público, que por definición debería ser libre, en una cárcel a cielo abierto. La calle deja de ser un lugar de encuentro para convertirse en un corredor de máxima seguridad donde transitar es, de facto, aceptar que el Estado controle tu libertad de movimiento.

Muchos tienen una visión ingenua del tema y la expresan con un razonamiento como el siguiente: «Si tú eres un buen ciudadano y no eres un ladrón, no tienes por qué temer; al contrario, estas cámaras con IA pueden brindarte mayor seguridad». Les contaré una historia personal que revelará por qué es importante acabar con este sistema de hipervigilancia, y por qué debería importarte aun si eres un buen ciudadano.

En la década de los 70, aquí en Argentina, hubo una dictadura militar auspiciada por Washington. Sí, antes de las primaveras árabes, EE. UU. deponía gobiernos nacionalistas, disidentes o simplemente patriotas mediante la articulación de golpes de Estado impulsados por las fuerzas militares nativas; el nuevo gobierno de facto asumía con un economista elegido por la élite globalista. En plena Guerra Fría, mi padre salvó su vida gracias a su extrema precaución. Él no era marxista ni estaba metido en organizaciones comunistas en busca de revoluciones violentas, sino que simplemente se preocupaba por los trabajadores; pero ese solo motivo ya lo hacía objeto de vigilancia, detención ilegal, tortura y hasta la posibilidad de una «desaparición». Durante algunos de los peores meses, debió mudarse y cambiar los recorridos cada vez que salía o entraba a su casa y su trabajo. Si las cámaras de vigilancia e hipervigilancia hubiesen existido en aquel entonces, la dictadura de seguro lo hubiese apresado y torturado. La empatía social, la lucha por un trabajo digno no debe ser confundido con ideologías extremistas, por otro lado la defensa del Estado de Derecho es un deber cívico.

Durante la Guerra Fría tanto Estados Unidos como la Unión Soviética ejercían un intervencionismo en cuestiones internas de todos los países del mundo, violando y torciendo la soberanía de las naciones para su propio beneficio.

Puedes ser un buen ciudadano e incluso no importarte el activismo político, pero un buen día, desprevenidamente, se establece un gobierno dictatorial. Las herramientas que ayer se usaban para multar infractores de tránsito o buscar delincuentes pueden convertirse en las herramientas perfectas para la persecución política y la eliminación de la disidencia. Incluso en gobiernos democráticos, actores internacionales hostiles o agencias de inteligencia podrían vigilar y actuar contra determinados disidentes; la época de la pandemia del 2020 fue un leve ejemplo de ello.

La privacidad y la libertad de movimiento sirven para resguardar las libertades de asociación e incluso de rebelión ante una tiranía. Si dejamos que atropellen las primeras líneas que defienden la libertad, vamos dejando el camino fácil para mayores abusos por parte del poder dominante.

Esta infraestructura no es más que la antesala perfecta para un sistema de crédito social al estilo totalitario chino. Permitir que corporaciones privadas y agencias estatales construyan esta red de vigilancia invisible es entregar las llaves de nuestra libertad individual. No existe justificación de seguridad que valide la creación de un Gran Hermano al que no se le escapa nada. La tecnología de rastreo masivo es intrínsecamente mala y destructiva para una sociedad libre. Por lo tanto, la única postura aceptable es la oposición firme: las cámaras Flock deben ser retiradas de inmediato allí donde estén instaladas, y debemos avanzar hacia el desmantelamiento de cualquier sistema que pretenda vigilar el libre tránsito de los ciudadanos, en autos, motos y a pie.


Por Theo Belok, padre de la Teoría Soberanista; escritor y analista geopolítico, autor de "Globalismo: ¿Qué es y cómo derrotarlo?". Sigue sus análisis en su sitio oficial: teoriasoberanista.com

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